lunes, 28 de julio de 2014

El Samurai

Esta es la historia de un viejo samurai, con su armadura oxidada por las más de mil batallas en las que ha participado, su katana, siempre fiel a el, formando una extensión más de su cuerpo.

Nuestro héroe vagaba por las confines de las tierras, lleno de cansancio, lleno de memorias que día a día, momento a momento lo hacían recordar esas épocas de gloria y honor que el había vivido. 

Llego a un pequeño poblado, era tan pequeño, que al llegar, todos los habitantes lo miraron con asombro y con algo de temor; el, volteando a verlos también, sólo aserto a sonreír. Su sonrisa era cálida, daba la sensación de confianza, de amabilidad, así que un pequeña niña se le acerco y le dio un pequeño recipiente lleno de agua fresca. Aquel samurai lo tomo enternecidamente y bebió el agua.

Siguió su camino, un camino sin rumbo y lleno de preguntas, lleno de incertidumbres que el no se había logrado responder, seguía vagando cuando de repente se topo con un para de hombres que se dirijan al pequeño poblado que el acababa de pasar. Este puñado de hombres estaban armados, y no parecían tener una buena cara. 

El samurai, lejos de seguir su camino, decidió volver al pequeño poblado para asegurarse que aquel grupo de hombres no harían nada en contra de los habitantes, así, que sin pensarlo corrió y llego al pueblo, pero para su sorpresa, aquel grupo de hombres había empezado a saquear cada casa, cada negocio, y habían empezado a golpear brutalmente a todo el que se interpusiera en su camino.

El samurai, indignado por esto, se dirigió a los delincuentes y les pidió que se fueran de buena fe, por que de lo contrario, el se vería en la necesidad de actuar en contra suya; los ladrones, llenos de risas, tomaron sus espadas y retaron al samurai, superado por número, el samuria desenvaino su katana, aquella katana llena de historia y llena de batallas. 

De un momento a otro, el samurai fue acabando uno a uno a cada ladrón que le rodeaba, con movimientos tan certeros que no fallaba ni un sólo golpe, con golpes tan rápidos y tan livianos que parecía que su katana flotará en el aire, más que una masacre, fue un hermoso espectáculo para los espectadores, la elegancia y la efectividad de sus movimientos hicieron que cada hostil cayera sin problemas. 

El ladrón líder, al ver esto, tomo a una pequeña niña de rehén. Si, era la misma pequeña niña que antes le había dado el recipiente con agua. 

El samurai, obligado, soltó su katana y le pidió al sujeto que no le hiciera nada a la niña, así que el hombre, con un empujón brusco derribo a la pequeña, y en un acto de rabia y deshonor, ataco al samurai desarmado, quien sólo acertó a detener la espada enemiga con sus propias manos, manos que se mancharon de sangre, pero no importo, por que el nuestro héroe logro detenerlo y como si no le doliera, clavo la espada enemiga más hondo en sus manos. 

El ladrón no podía creer lo que veía, así que incrédulo soltó su arma, el samurai se la desencajo de sus manos y la tiro al suelo. 

En un último acto de desesperación, el ladrón trato de huir, pero el pueblo enardecido lo impidió, a lo que el samurai dijo que debían dejarlo ir. El pobaldo, anonadado por sus palabras lo cuestionaron sobre su decisión.  

El samurai, con esa sonrisa tan característica suya, les dijo: Es simple, todos somos seres humanos, y como tales, debemos respetarnos como especie, si nos matamos unos a otros por el mero sentido de la venganza, no tendremos nada más que remordimiento y dolor. 

Los ciudadanos se quedaron pensando en las palabras de aquel salvador suyo, así, que sin más, dejaron ir al ladrón.

El samurai tomo su katana, y siguió su camino, su camino para tratar de responder sus dudas hacía su propia existencia.  


martes, 15 de julio de 2014

Carmesí.

Me encontraba yo en mi habitación, estaba oscura, estaba fría, no sabía que pensar o que hacer. Digo, me sentía muy solo, ¿qué puedo hacer para dejar de sentirme así? No lo sé, doy vueltas a mi pequeño departamento, no gano mucho en el trabajo de obrero, así que no me alcanza para un lugar más lujoso, apenas tengo la suerte de contar con un baño y una pequeña cocina. 

Salgo al pasillo, prendo un cigarro y lo fumo lentamente, el fumar es uno de los pocos placeres de mi vida que me hace sentir mejor, escucho como mi vecino le pega a su esposa y a sus dos hijas, es un buen tipo cuando llegas a comprenderlo, me recargo y doy una fumada larga. Mi vecino sale, su playera esta manchada de un color rojo, un rojo viscoso, pero no parece ser que esa sustancia provenga de el, pasa rápido, tan rápido que ni siquiera alcanza a cerrar la puerta de su hogar.

Termino mi cigarro y me dispongo a entrar de nuevo, doy una rápida mirada al interior del departamento de mi vecino, veo a su esposa, tirada en el suelo encima de un gran charco de sangre, sus dos hijas pequeñas están al rededor de ella, sollozan sin parar, son niñas pequeñas, es normal que lloren me digo; no le tomo importancia y entro a mi pequeña habitación, es una noche muy fría, no puedo quejarme, al menos, tengo un techo para que la brisa húmeda del viento no me toque. 

Enciendo el televisor, sólo veo basura, programas llenos de gente estúpida haciendo lo que sea para obtener dinero, creo que les llaman "Realitys Shows" lo cual me demuestra que la dignidad de una persona si tiene precio, ¡pero que digo! ¿Yo? ¿Hablando de dignidad? si yo carezco de ella, no hay diferencia entre esas persona y yo, bueno, quizá la única diferencia sería que ellos son conocidos a nivel nacional y yo sólo a nivel local. 

Cambio de canal, uno tras otro, todo me fastidia, no hay un sólo programa que me entretenga, no sé como es que las personas pueden entretenerse viendo cosas tan estúpidas como esas. 

Me levantó del sillón, voy hacía la ventana, observo como dos hombres acechan a una mujer, he de decir que la zona en donde vivo no es de lo mejor que puedas tener, los hombres se acercan sigilosamente a la pobre mujer que por su aspecto, no debe pasar de los 20 años; la siguen, uno de ellos saca algo de su bolsillo y se acerca a ella, ella pega un grito estremecedor, el otro sujeto le pega en la cabeza dejándola atontada y juntos la toman de los pies y brazos, se la llevan a una camioneta y no vuelvo a ver ni a escuchar nada de la pobre mujer. 

Son las dos de la mañana y sigo sin poder dormir, me siento aterrado por mis pensamientos, pienso cosas que siento que no debería pensar, me levantó y me miro al espejo ¿es que acaso ese soy yo? Me miró incrédulo, hoy será una buena noche para no ser yo, si, eso es. Debo hacer algo que me llene por completo, algo que me parezca entretenido, pero ¿qué puedo hacer? Alguien solitario como yo, sin familia ni amigos, ¿qué puedo hacer? 

¡Lo tengo! Debería limpiar la ciudad, si, eso es, debería limpiarla de las personas que a mi parecer deberían estar extintas, eso haré definitivamente. 

Tomo un cuchillo de la cocina, salgo de mi apartamento, cruzo la calle y voy hacía la camioneta en donde los hombres que vi anteriormente metieron a la pobre chica, doy un par de toquidos, al abrirme el primero le calvo el cuchillo en su garganta, ¡Dios! ¡Jamás me había sentido tan excitado! Vi la sangre correr por su pecho y sus ojos viéndome directamente, pude sentir su dolor, y no hubo cosa que me causara mayor placer que eso.

Le quito el cuchillo y el cae al suelo cubriéndose de un hermoso rojo carmesí, su compañero que estaba encima de la mujer con los pantalones abajo me observa anonadado por lo que acaba de suceder, y sin pensarlo dos veces saca de su pantalón una pequeña navaja, y se tira contra mi, yo lo esquivo y le encajo el cuchillo en su pelvis, justo arriba de su pene, el cuchillo no entro tan fácil, tuve que aplicar mucha fuerza, pero entró y sentí como después del primer empujón la sangre brotaba a chorros, llenandome la mano de esta; el hombre grita, grita de dolor, yo me complazco por escuchar sus gritos. Lo dejo caer encime de si otro compañero que yacía en el suelo muerto, el cae y me jala, pero ya es tarde, se esta desangrando.

Me acerco a la pobre mujer inconsciente, se veía que aquellos dos se habían estado divirtiendo con esa chica, seguía inconsciente, así que la tome y la lleva enfrente de una base de taxis sin que nadie me viera. 

Volví a mi hogar, lleno de esa hermosa sustancia viscosa de color rojo, el olor tan embriagador de hacía que me sintiera vivo, al fin había encontrado mi vocación, al fin sabía que hacer con mi aburrida vida. Ahora, mi martillo espera con ansias a mi vecino, aquel buen hombre que me da un espectáculo de gritos féminas toda la noche.